6:30am. He abierto el cajón del armario y mis ojos no daban crédito. Tres tristes calcetines, sin su binomio, flotaban perdidos y desparejados en la soledad del cajón.Ni rastro de mis calcetines preferidos para correr. Entonces, he viajado hasta la adolescencia. A mis furtivas cacerías a los cajones donde se escondían los calcetines de mi padre. Aquello era calidad, droga dura. Tejidos de última generación. Nunca confesé esos prestamos unilaterales. Éramos muchos hermanos los que visitábamos los cajones de nuestro querido padre. Y vuelvo a las 6:30am -tener mujer e hijas deportistas, es lo que tiene- he pensado (en casa libramos una guerra abierta y silente por los calcetines Top) Me he sonreído y regresado a otra época en las que me birlaban ¨la grapadora¨ en la oficina. Comprábamos infinitas, pero el cosmos las desaparecía.

Recuerdo pegar un papel con ¨celo¨ en el que se leía mi nombre, antes incluso de que a alguno le apareciese la tentación de cogerla para no devolverla jamás. Los hurtos de oficina parece que tienen igual inocencia que cuando se te olvida devolver un libro a su dueño. El sentimiento de culpa está ausente. Ojalá al leer esto, los amigos que se distraen con material de oficina, dejen de hacerlo. Y mis chicas de mangar calcetines.