Hoy, en mi paseo vespertino, reflexiono sobre la exigencia y el perfeccionismo. También sobre sus posibles causas y las consecuencias que se derivan de vivir en la constante búsqueda de la perfección. Consecuencias que se derivan para con uno mismo y para con los demás.

 

Aquí, hoy en mi paseo vespertino. Mira qué bonito está el mar. Con ganas de hablar de los perfeccionistas, esa raza de seres humanos que están por ahí en la oficina, en casa…

Tengo que reconocer que de alguna forma lo he sido creo, no sé, o igual lo sigo siendo. Alguien diría que sí, en alguna u otra cosa, pero bueno.

La persona perfeccionista no lo es por casualidad

Lo que quiero decir es que la persona perfeccionista no lo es por casualidad. Es porque ha sido educada, yo creo, en unos niveles de exigencia muy potentes, seguramente inoculándose una serie de verdades como inmutables y absolutas y estableciendo unos marcos no de gobernarse, de vivir en los que se entiende que todo lo que está dentro de eso es lo perfecto y lo que uno debe de hacerlo.

Todo esto creo que comporta por muchos riesgos.

Lo primero que uno se puede vivir en un nivel de rigidez y prueba de control terrible respecto de ese marco creado que no te permite disfrutar de la vida, desde otro lado, fuera de esas fronteras. De entender que la vida va mucho más allá de esas verdades absolutas que nos hemos contado nos han contado o hemos interpretado.

La exigencia con uno mismo

Otra consecuencia, que me parece casi peor, es que normalmente el perfeccionista es muy exigente consigo mismo y con los demás y exige, además, los mismos niveles de eficacia y eficiencia con los que se gobiernan, lo cual yo creo que es francamente injusto porque los demás no tienen por qué pararse ante el mundo de esa manera, ni con esa mirada.

La pregunta que aquí subyace es entonces ¿qué es lo que hay que hacer? ¿Hay que estar aquí, en plan hippie, viviendo? Bueno, seguramente atender a los estándares está bien y ahí hay unos criterios para establecer qué son los estándares en la vida que tienen que ver con la normalidad y qué es la normalidad. Ahí podríamos hablar mucho con el sentido común y qué es el sentido común.

Yo creo que los que somos igual de exigentes con respecto de algo o perfeccionistas lo sabemos y, creo que tengo que aprender a soltar, a fluir, mirarnos con mucha más liviandad. Los sentimientos de culpabilidad empezar a aparcarlos porque también eso no lleva nada. Entender que hay muchas formas de mirarnos y que ninguna es mejor que otra. Hay que ser mucho más escéptico, yo creo, y nada más.

Esta reflexión un tanto desordenada, espero que te sirva en este día tan bonito, está precioso.

Bueno, cuídate mucho.

Que tengas un gran día.