Solo una hora de vida

Buenos días, aquí estoy en mi paseo matutino diario. Hoy con sombrero, porque el sol ya empieza a pegar fuerte y hay que cubrirse y protegerse la piel. Mi mujer dice que me quedan fatal.

Si me quedara una sola hora de vida.  Ese es el título de un libro al que he tenido acceso. No le he leído todavía. Es de un autor francés que se llama Roger-Pol Droit.

Una hora de vida

Muchas veces he pensado en eso. Hay un ejercicio que suelo hacer a veces con clientes que tiene que ver con esto. Hay tanto ruido en esta sociedad, que las cosas del alma, no están de moda. ¿Qué harías si solo te quedara una hora de vida? Hoy te cuento una historia especial.

La última hora de vida según mis hijas

Les he preguntado a mis hijas, qué harían ellas si supieran que les faltará una hora solo de vida. Una me ha dicho que ella llamaría a sus diez mejores personas queridas. Les diría que les quiere. Les diría todo lo que han impactado en su vida, en ella.

Otra ha dicho que hablaría con la gente que le ha ayudado en su vida, para darle las gracias. Y otra ha dicho que ella se iría al faro, un faro que hay aquí precioso, en Key Biscayne para pensar en sus pensamientos.

Yo me he acordado de una historia muy bonita, que os voy a compartir hoy.

La historia de José Ignacio

Hace muchos años yo acompañaba a un enfermo de cáncer. Se llamaba José Ignacio.  No sé si su familia estará leyendo esto.  Una familia extraordinaria.  Él era un tío extraordinario. Me acuerdo que ya estaba muy mal. Le pregunté que a ver que le gustaría hacer, si tenía pena de algo de no haber podido hacer.  Me miró y me dijo que a él le hubiera gustado ir a ver un pinar que había en Valladolid, que es de donde él era.

Me quedé con la copla. Fijaros lo que son las cosas. Volvía un día, no era mi día de ir al hospital, pero pasé por el hospital y me acordé de José Ignacio. Era un día que nevaba en Vitoria. No sé si sabéis, pero hace mucho frío. Me acordé de él y no sé por qué, tuve el presentimiento de que no iba a durar mucho.

Un pino en Vitoria

Me volví loco, loco, loco, por todo Vitoria, buscando un pino.  No había pinos. No encontraba pinos. Me fui al hospital. Subí a la cuarta planta. Se abrieron las puertas del ascensor y allí me encontré con su mujer y con él. Estaba allí junto a la ventana, nevaba fuera. Yo aparecí con el pino, con mi pino. No os puedo expresar ese momento.  Fue un momento súper feliz.

José Ignacio falleció al día siguiente o al cabo de dos días. Yo escribí un libro, un poemario que se llama: “Detrás”, con motivo de la enfermedad precisamente de mi madre.

El reencuentro

En la presentación del libro, que estuvo bien, vinieron los medios. Hubo uno de los días que a la tarde tenía firmas de libros. Vino poca gente, pero apareció la mujer de José Ignacio con sus hijos. Había pasado bastantes de meses del fallecimiento de José Ignacio.

Para mí fue espectacular. Me dijeron que el pino que yo le regalé, lo tenían puesto en el jardín de casa. Ahí lo conservaban y ahí estaba su padre. Se acordaban mucho de aquel día que nos encontramos con el pino.

Fijaros qué anécdota más bonita que hasta me emociono. Es que yo soy muy sensible. Es lo que tenemos los poetas.

A ver ¿qué haríais vosotros si os quedara una sola hora en vuestra vida? ¿Qué haríais? Porque igual es el momento de coger el teléfono y empezar a llamar a la gente a la que queremos, y decirle… oye que te quiero mucho, que te quiero, perdóname, gracias…

Estas declaraciones que son tan fáciles y tan difíciles.

Un beso. Tener un magnífico día.

2019-02-20T09:20:34+00:00